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Papá invisible

sábado, 22 de agosto de 2009

Papá invisible
(Por: Mariana Moller, Mujer Nueva, 2003-11-14)

En España -dice el periódico El País- una de cada diez mujeres que se someten a la fecundación in vitro, FIV, son solteras y no piensan tener marido(Ver noticia). El periódico afirma que ya es un “fenómeno” en auge en el país el que mujeres solteras – entre 35 y 39 años de media – realicen su “sueño” de ser madres acudiendo a clínicas de reproducción asistida. ¿Sueño o pesadilla?

Enseguida surgen dos reflexiones: La primera, inherente a cualquier tipo de Fecundación in Vitro, sobre la separación de la procreación y el acto conyugal. La segunda, más actual, es sobre la eliminación de la figura paterna en la fecundación asistida de una mujer soltera y la reducción del hombre a mero proveedor de material biológico.

La supuesta moda del “hijo sí, marido no”, no es que sea nueva, pero sí lo es la utilización de la técnica de la inseminación artificial para lograrlo.

“Hecho”, el hijo es “hecho”, porque en la fecundación artificial se sustituye el acto de procreación por un acto de producción; la unión conyugal por un procedimiento industrial. Se separa la unión sexual del hombre y la mujer y el surgimiento de una nueva vida. Ahora, no sólo es posible una sexualidad sin procreación, sino también una procreación sin sexualidad, lo que produce un cambio sustancial en la misma definición de sexualidad humana. Pero eso no es lo único. Hay otra constatación quizá más profunda, antropológica, y por lo mismo no menos importante: cuando el hombre “hace”, produce alguna cosa exterior, algo diverso de él.

¿Y por qué esa digresión filosófica, a esas alturas? Sencillamente porque, con la FIV, el hombre termina siendo efecto de un “hacer” humano y no de un “acto” de la persona. La vida humana entonces puede ser “producida”, la persona humana puede ser “hecha”, en el sentido estricto del término “hacer”. Ni Marx se hubiese imaginado que llegaríamos a tanto en el proceso industrial: hacer del hombre producto de hecho en una operación mecánica e industrial; “cosa” al fin y al cabo. Y –por buena que haya sido la intención primitiva- ocurre que la producción industrial de hijos ha creado el problema de los desechos, y los principales desechos son aquí embriones humanos. Es normal que después de un caso de fertilización asistida queden embriones sobrantes. Y pasa lo mismo que con cualquier industria: las sobras y los desechos se van acumulando y habrá que decidir qué hacer con ellos. El verdadero problema es que a éstos, que son seres humanos con los mismos derechos básicos que cualquiera de nosotros, se les trata como si fueran material para ser usado en un proceso de manufactura. No es que no se esté seguro de que el embrión es un ser humano; es que se ha escogido el camino de no respetar a todos los seres humanos, sino sólo a los que cumplan ciertas condiciones que nosotros mismos les fijamos y establecemos.

Pero no todo termina ahí: la fecundación asistida de una mujer soltera hace posible y objetiva la eliminación de la figura paterna, con la consiguiente reducción del hombre a mero proveedor de material biológico. Eso nos pone frente a una situación radicalmente nueva, sobre la cual es indispensable reflexionar fríamente, más allá de todo prejuicio. Se ve claro que tener un hijo es cada vez más una decisión femenina. ¿Voluntad de poder, como diría el viejo Nieztsche? ¿Victoria del matriarcado sobre el patriarcado vil? Porque es cierto que en el nuevo modelo matriarcal, el matrimonio no es esencial y el intercambio de “socios sexuales” hace que, en el ámbito social, sólo se pueda reconocer con seguridad la maternidad, no la paternidad; lo que para el hombre hace que sea imposible asumir otro papel que el de mero fecundador de la mujer (cualquier semejanza con el mundo animal no es coincidencia...). Al debilitar la figura del padre, la fecundación asistida a mujeres solteras, pone en riesgo la misma paternidad, la vacía desde dentro de su identidad pues refuerza solamente los vínculos establecidos entre el hijo y la madre, que frente al hijo, es la única que puede reivindicar propiamente una “paternidad” objetiva.

¿Y qué gana el hijo con esos “avances”? Pensemos en lo que significará para la vida de un niño el nunca poder saber de dónde viene, o a quien debe el color de sus ojos porque nació de un “donante anónimo” para complacer el instinto de maternidad de su madre y su “supuesto derecho al hijo”. Ojalá el caso de España sea solamente una “moda” pasajera ¿no?.

Nota

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Perfil

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Medellín, Antioquia, Colombia
Magister en Filosofía y Politóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana. Diplomada en Seguridad y Defensa Nacional convenio entre la Universidad Pontificia Bolivariana y la Escuela Superior de Guerra. Docente Investigadora del Instituto de Humanismo Cristiano de la Universidad Pontificia Bolivariana. Directora del Grupo de Investigación Diké (Doctrina Social de la Iglesia). Miembro del Grupo de Investigación en Ética y Bioética (GIEB). Miembro del Observatorio de Ética, Política y Sociedad de la Universidad Pontificia Bolivariana. Miembro del Centro colombiano de Bioética (CECOLBE). Miembro de Redintercol. Ha sido asesora de campañas políticas, realizadora de programas radiales, así como autora de diversos artículos académicos y de opinión en las áreas de las Ciencias Políticas, la Bioética y el Bioderecho.

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